domingo, 30 de diciembre de 2012

ANDRÉ JARDIN, NAPOLEÓN III Y LA ARGENTINA


Recientemente he vuelto a leer, luego de siete años, “Historia del liberalismo político” de André Jardin (FCE, 1998, México). Algo ya comenté en un blog que frecuento sobre las similitudes que encuentro entre el modo en que Jardin describe algunos aspectos del Régimen de Luis Napoleón y mucho de lo que uno puede comprobar en la Argentina de los últimos años. A continuación, transcribo los pasajes que me han parecido más reveladores de estas similitudes. Todos pertenecen al Capítulo XXIII del libro, que se titula “Segundo Imperio y Reflujo del Liberalismo”. Con ustedes, entonces, el gran Jardin:

La “base de la pirámide”, para decirlo con imagen cara al jefe de Estado, fue la soberanía del pueblo, expresada mediante el sufragio universal. La Segunda República, como vimos, trató de establecer un arreglo entre la tradición liberal, en la que los derechos primordiales del individuo estaban garantizados por el equilibrio de podres, y la tradición revolucionaria republicana, que hizo hincapié en la unidad de la nación. El nuevo régimen se inclinó por la segunda opción. La afirmación del artículo 1º de la Constitución, en el sentido de que “reconoce, confirma y garantiza los grandes principios de 1789”, en la medida en que no es una simple ilusión óptica, no fue, sin embargo, adhesión al espíritu de la declaración de los derechos, sino preocupación por señalar las distancias respecto de los “blancos”, sospechosos de ternura por el Antiguo Régimen.
(…) el segundo rasgo del régimen era el de la alianza entre el pueblo y una dinastía: sentimiento místico, no sujetable al análisis racional, que convirtió a la Revolución francesa en la fuente de una legitimidad nueva, que puso a los napoleónidas otra vez en los Capetos, como antaño éstos sustituyeron a los carolingios. La misión que se les encomendó no fue la de proseguir el impulso revolucionario, sino la de “interrumpirlo” mediante la creación de un orden social estable, propiciador del desarrollo económico y de la realización de la tarea emancipadora de Francia en el mundo. El emperador, por su cuna, estaba predestinado, por lo tanto, a que se trasladase a su propia persona la voluntad latente del pueblo francés.
Tal régimen, aunque pueda, por razones técnicas, distinguir funciones, no puede separar poderes. El poder reside en la persona del emperador y Napoleón III puso mucho cuidado, si hemos de creer a Ollivier, en que todo se hiciese en su nombre. En su nombre, al menos, se impartió entonces la justicia, como en la antigua Francia se la impartió en nombre del rey. Jefe únicamente responsable ante el pueblo, el emperador ejerció en su plenitud las atribuciones de la soberanía: “Manda las fuerzas de tierra y mar, declara la guerra, establece los tratados de paz, de alianza y de comercio, nombra para todos los cargos y formula los reglamentos y decretos necesarios para la aplicación de las leyes”. Los ministros volvieron a ser, por consiguiente, lo que habían sido antes de los regímenes representativos, es decir, simples empleados; se reunirían en consejo para informar al emperador y recibir informes de éste y de sus colegas, pero sin que hubiese decisión de consejo ni solidaridad entre sus miembros. Responsables únicamente ante el emperador, obligatoriamente ajenos al cuerpo legislativo, su influencia sólo podría ejercerse por su conocimiento de la práctica administrativa o la confianza del soberano. Este último participaba del poder legislativo: sólo a él correspondía la iniciativa de las leyes, y era libre de sancionarlas o no.
El principio fundamental (…) fue el de la centralización napoleónica, ensalzada como la armazón de que había dotado Napoleón a la Francia moderna. Sobra decir que se abandonaron las veleidades descentralizadoras de 1848.
(…) La instalación del régimen vino acompañada de una suspensión de las libertades individuales. El pretexto, también a este respecto, fue el peligro de la gran insurrección de 1852; el propósito esencial, el de privar de sus jefes y sus mandos, aun de los modestos, al partido republicano, propósito ya apreciable en el trato diferente dado a los diversos representantes, opositores de la legislativa. (…) En el conjunto del país, prefectos, magistrados, policías o gendarmes detuvieron arbitrariamente no sólo a quienes participaron en las revueltas contra el golpe de Estado, sino a los miembros de las sociedades secretas y, puesto que por definición no se les conocía, a quienes supuestamente pertenecían a ellas. Estas persecuciones dieron como fruto 27000 detenciones y las comisiones mixtas departamentales dictaron 15300 condenas.
(…) Una nueva ola de represión se produjo en 1858, a consecuencia del célebre atentado de Orsini. El general Espinasse, nombrado ministro del Interior, declaró “que había llegado el momento de que los buenos se sintieran tranquilos y que los malvados temblaran”. Consiguió que se aprobara la ‘ley de seguridad general’ del 27 de febrero. No sólo cualquiera que fuese sospechoso de haber participado en una acción concertada contra el gobierno podía ser perseguido, sino cualquier individuo que hubiese sido objeto de una condena desde 1848 podría ser exiliado o deportado sin que fuese preciso acusarlo de una nueva acción. Esta “ley de sospechosos” no tardó en caer en desuso, pero no antes de sumar 430 víctimas.
Estos períodos en que el régimen quiso aterrar a sus adversarios fueron, pues, relativamente breves. Pero la arbitrariedad policial se expresó en la vigilancia de los lugares públicos, en el número de soplones, en la violación del secreto de la correspondencia e inclusive la del domicilio o el secuestro de papeles privados, como aquel de que fue víctima un liberal tan inofensivo y legalista como el duque de Broglie.
Tal régimen tuvo que desconfiar de la prensa. (…) Desaparecieron numerosos periódicos; la prensa parisiense se redujo a 11 diarios. En provincia, la prensa republicana fue casi aniquilada, en tanto que los órganos legitimistas pasaron de 60 a 24. El decreto del 17 de febrero de 1852 fijó el status de la prensa periódica. Con excepción de la censura (restablecida para las representaciones dramáticas), encontramos todas las medidas clásicas de desconfianza: autorización previa, fianza, timbre y castigo correccional de los delitos.
(…) Jamás, desde el Primer Imperio, gozó la prensa de tan poca libertad. Sin embargo, los periódicos no se limitaron entonces, como en aquel otro tiempo, a la simple copia de un Moniteur; cerca de 40 años de régimen liberal no podían abolirse. (…) Hubo, en el autoritarismo del Segundo Imperio, un tono hipócrita y zalamero, exigido por su deseo de hacerse aceptar por la opinión: “Vivimos bajo un gobierno que rechaza el fraude y la violencia sólo cuando van acompañados de ruido”, escribió Tocqueville en 1857” (pp. 409-415)
Todos conocemos, más o menos, cómo terminó el régimen de Napoleón III. Y todos conocemos también cuán ilusorio sería querer trasladar lo ocurrido en aquella época y en aquel país a lo que ocurre actualmente y en nuestra patria. Por fortuna, la historiografía científica nos recuerda a menudo sobre lo inverosímil que resultan este tipo de experimentos, más preocupados en dar profecías alarmistas y desestabilizadoras que en desgajar los datos de la realidad analíticamente y con independencia de cualquier intencionalidad subrepticia. ¿No nota el lector, sin embargo, un “gran parecido de familia” (Wittgenstein dixit) entre lo que describen los términos marcados en negrita y lo que uno podría predicar de los hechos más relevantes de la política nacional? ¿Acaso no se detecta en el gobierno de Cristina una inclinación por construir un supuesto relato de unidad nacional mucho más pronunciada que la que podría volcarse a garantizar un auténtico equilibrio de poderes? Dicho sea de paso, en esta construcción maniquea y totalizadora que propone el kirchnerismo de la política, cualquiera adivinará quiénes ocupan el rol de “blancos” a los que se refiere la descripción de Jardin. Siguiendo la misma línea, ¿no cabría calificar como llamativamente ‘napoleónica’ la relación directa que Cristina pretende instaurar con su pueblo, ajena a cualquier mediación institucional? ¿O qué hay en lo que atañe a la prensa? A lo largo de estos años, ¿no ha dado el kirchnerismo muestras más que sobradas de lo difícil que le resulta convivir con una prensa opositora? ¿No es, además, la ‘ley de sospechosos’ que se sancionara en la Francia de 1858 el análogo perfecto de la reciente Ley Antiterrorista sancionada en Argentina? ¿Y no cumplen los soplones de la Francia de Napoleón III un papel muy similar al que parecen cumplir los agentes infiltrados en las manifestaciones sociales, puestos al descubierto por los documentos desclasificados del Proyecto X?

Osadas e irresponsables sugerencias parecen estar contenidas en estas preguntas, reflexionará más de uno. No lo niego. Ahora, que el relato de Jardin aportaría un material simbólico descriptivamente útil para relatar el modo como las cosas suceden en Argentina no parece ser, en cambio, algo tan descabellado. Lo repito con otras palabras: no es que lo que sucede en Argentina nos remita a lo que sucedió en la Francia de Luis Napoleón; es sólo que el modo en que Jardin describe lo sucedido en Francia vendría a ofrecer un mapa de imágenes fónicas cuyas coordenadas perfectamente podrían servir, realizando algunos ajustes, para ubicarnos en la compleja realidad política argentina. Una mera impresión personal, se me reprochará. Tampoco podría defenderme. Tampoco deseo defenderme. Si esta impresión personal resulta bastante menos impersonal que el espíritu que debería animar a este Blog (subtitulado “Crónicas impersonales…”), pues entonces no podría afirmar que no me contradigo en cierta medida. Nada de qué preocuparse. Ya lo decía Walt Whitman: “¿Que me contradigo? Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué? (Soy inmenso, contengo multitudes)” (Leaves of Grass). 

viernes, 28 de diciembre de 2012

MI AMIGO K Y YO


De alguna manera, todos tenemos un amigo “K”. No es algo para vanagloriarse. Mi vieja solía vanagloriarse de tener amigos comunistas o trotskistas, así como mi abuelo solía vanagloriarse de que su padre (mi bisabuelo) fuera un declarado jacobino. Más o menos alcanzo a intuir el motivo de su vanagloria. Si yo tuviera hoy un amigo comunista –que no es lo mismo que haberlo tenido ayer, claro está –seguramente también me vanagloriaría. Ser comunista (o cualquier cosa que se le parezca, por más que no sean muchas) es algo que lleva consigo el quijotesco encanto de las causas perdidas. Por relación transitiva, imagino que debe haber una suerte de sentimiento romántico inconfesable en tener un amigo comunista, como también debe haberlo en desear a la mujer de un hermano. Pero lamentablemente no tengo un amigo comunista y creo que, llegadas ciertas etapas de la vida, tampoco sería cuestión de salir a buscar amigos comunistas por la calle, como si fuera posible (o pertinente, ya que la pertinencia es, si se me permite, una de las tantas formas que reviste la posibilidad) hallarlos en los clubes de barrio o en los cafés del centro con un solo batir de palmas.

En cambio, lo que yo sí tengo es un amigo K. No me vanaglorio de ello. Ojo, ¡mucho menos me avergüenzo! Tener amigos K no es como que tu viejo haya laburado en el Ministerio de Economía de De la Rúa hasta el último de sus días de gobierno. Tener un amigo K es, más bien, como tener una esposa amnésica que te pregunta todas las noches, sin excepción, por qué te lavas los dientes antes de irte a acostar. Para la pregunta, puedo elaborar más de una respuesta que satisfaga su curiosidad y la deje conforme. Por supuesto, sólo con una me bastaría. Pero dado que sé que mañana, y pasado mañana, y pasado, pasado mañana ella volverá a insistir con la misma perorata de siempre, debo hallar respuestas ocurrentes; debo hallar respuestas que, a la vez que satisfagan su curiosidad, por lo menos eviten hundirme en un mar de aburrimiento. Desde ya, como todo en la vida, la imaginación de un hombre tiene sus límites. Y la falta de imaginación suele engendrar la impaciencia. Porque a mi esposa la quiero, puedo tolerar su insistencia y mi aburrimiento con resignación. Después de todo, ella es nada menos que mi esposa. Ahora, ¿qué hacer con mi amigo, a quien también quiero, o a quien –según él – tan sólo diga querer?  

Más que insistir hasta dejarme agotado, lo mi amigo K ha logrado hacer conmigo no lo había logrado hacer antes ningún otro amigo mío, incluyéndolo especialmente a él en esta lista. Sinceramente duele confesarlo pero creo que mi amigo K, aunque no malintencionadamente, ha conseguido llevarme hasta un punto en el que ya no puedo dar fe sobre mí mismo, sobre el tiempo en que permaneceré bajo control, dentro de mis cabales, tranquilo. No es para menos. En cada cena que compartimos y en cada reunión donde se trae a colación la noticia política del día (que, a esta altura, si no son casi todas, por lo menos ya son demasiadas), mi amigo K sacará a relucir siempre lo mismo. Insistirá con aquello de que todo es una exageración de los medios dominantes, con que ésos son los medios que históricamente han fijado la agenda política de la Argentina, con que mi imaginación ha sido cooptada por esos medios y con otras cosas parecidas. En vano intento hacerle ver que mis canales de información son de lo más variados. En vano intento hacerle notar que reconozco, al igual que él, que la Argentina actual está lejos de ser la Argentina del 2001.

Desde luego, casi nada de lo que le diga a mi amigo lo conducirá a brindarme una contestación auténtica. Cuando le menciono los casos de corrupción, él me dice que eso no le consta; o aduce que, si le constara, sería algo inevitable y que, en cualquier caso, hablar de corrupción no es hablar de política. Cuando le menciono lo de la intervención del INDEC y la manipulación de las estadísticas, o cuando le pregunto por los motivos para sancionar una ley de tipos penales tan abiertos como los que figuran en la Ley Antiterrorista, él me contesta –no sabría decir si con cinismo o hipocresía –que ningún gobierno es ideal y que, en todo caso, el mérito de un gobierno debe medirse según los criterios de una ética de la responsabilidad, no de la convicción. “De repente –reflexiono a fuero interno –mi amigo se ha vuelto weberiano, cuando no era sino Foucault su pensador de cabecera”. ¿Cómo puedo sentirme, entonces, tras recordarle una y otra vez que simplemente no es normal que un Instituto de Estadísticas y Censos haya instituido la mentira? Si mi amigo K fuera mi esposa amnésica, por lo menos podría repetirle el mismo cuento de siempre, hasta hundirme en el consabido mar de aburrimiento. Pero dado que mi amigo K dista de ser la réplica exacta de mi esposa amnésica (y es una suerte que la presencia de mi amigo haga parecer menos traumática la amnesia de mi esposa), repetirle siempre lo mismo no funcionará. Ello no sólo me traerá más aburrimiento; además, me hará parecer como un estúpido. Y, sin embargo, como si fuera una pegadiza canción que no puedo dejar de tararear, es lamentablemente eso lo que finalmente hago: enceguecido, parloteo con mi amigo y, en efecto, termino por sentirme un estúpido.

Mi amigo K, antes de ser K, era mi amigo. Y aun hoy, siendo K, es menos K que amigo mío. Que mi amigo K sea más amigo mío que K representa, desde luego, una obviedad. Por eso lo soporto y me soporto. Por eso nos soportamos e intentamos seguir adelante, compartiendo cosas juntos. Por lo demás, momentos apolíticos en nuestras vidas todavía dejan su estela. No son los más numerosos, es cierto. Por otro lado, cuando finalmente ocurren y de una buena vez logramos abstraernos de la cuestión política, el tiempo que permanecemos juntos parece prolongarse con la misma incómoda tensión en que permanecen sentados, uno frente a otro, el tímido hijo adolescente y ese padre intrusivo y sobreprotector, ávido de ofrecerle un consejo a cambio de algún secretillo. No sé cuánto tiempo permaneceremos así. Con la alternancia democrática, confío que lo K deje en paz a mi amigo. Tal vez esta desposesión ocurra muy paulatinamente, como la descolonización de Hong Kong. O tal vez de forma súbita, parecida a un exorcismo. No podría precisarlo. En cualquier caso, ruego a Dios que en el futuro, más próximo que lejano, volvamos a retomar ese vínculo tal como lo dejamos alguna vez, franco, abierto e incontaminado de los pormenores políticos del día. Es lo que me gustaría. No sé si es lo que le gustaría a él, aunque intuyo que sí. De alguna forma, ambos seguimos apostando por nuestra amistad. Los dos sabemos cuán estúpido sería relegar, de golpe y porrazo, algo que tardamos tanto tiempo en construir. Ni él ni yo nos perdonaríamos una negligencia semejante. Como sea, en eso estamos mi amigo K y yo. En ese interludio de la amistad, exasperante y difícil como pocos.