De alguna manera, todos
tenemos un amigo “K”. No es algo para vanagloriarse. Mi vieja solía
vanagloriarse de tener amigos comunistas o trotskistas, así como mi abuelo
solía vanagloriarse de que su padre (mi bisabuelo) fuera un declarado jacobino.
Más o menos alcanzo a intuir el motivo de su vanagloria. Si yo tuviera hoy un amigo comunista –que no es lo
mismo que haberlo tenido ayer, claro
está –seguramente también me vanagloriaría. Ser comunista (o cualquier cosa que
se le parezca, por más que no sean muchas) es algo que lleva consigo el
quijotesco encanto de las causas perdidas. Por relación transitiva, imagino que debe haber una suerte de sentimiento
romántico inconfesable en tener un amigo comunista, como también debe haberlo
en desear a la mujer de un hermano. Pero lamentablemente no tengo un amigo
comunista y creo que, llegadas ciertas etapas de la vida, tampoco sería
cuestión de salir a buscar amigos comunistas por la calle, como si fuera
posible (o pertinente, ya que la pertinencia es, si se me permite, una de las tantas
formas que reviste la posibilidad) hallarlos en los clubes de barrio o en los
cafés del centro con un solo batir de palmas.
En cambio, lo que yo sí tengo es un amigo K. No me vanaglorio de ello. Ojo, ¡mucho menos me avergüenzo! Tener amigos K no es como que tu viejo haya laburado en el Ministerio de Economía de De la Rúa hasta el último de sus días de gobierno. Tener un amigo K es, más bien, como tener una esposa amnésica que te pregunta todas las noches, sin excepción, por qué te lavas los dientes antes de irte a acostar. Para la pregunta, puedo elaborar más de una respuesta que satisfaga su curiosidad y la deje conforme. Por supuesto, sólo con una me bastaría. Pero dado que sé que mañana, y pasado mañana, y pasado, pasado mañana ella volverá a insistir con la misma perorata de siempre, debo hallar respuestas ocurrentes; debo hallar respuestas que, a la vez que satisfagan su curiosidad, por lo menos eviten hundirme en un mar de aburrimiento. Desde ya, como todo en la vida, la imaginación de un hombre tiene sus límites. Y la falta de imaginación suele engendrar la impaciencia. Porque a mi esposa la quiero, puedo tolerar su insistencia y mi aburrimiento con resignación. Después de todo, ella es nada menos que mi esposa. Ahora, ¿qué hacer con mi amigo, a quien también quiero, o a quien –según él – tan sólo diga querer?
Más que insistir hasta dejarme agotado, lo mi amigo K ha logrado hacer conmigo no lo había logrado hacer antes ningún otro amigo mío, incluyéndolo especialmente a él en esta lista. Sinceramente duele confesarlo pero creo que mi amigo K, aunque no malintencionadamente, ha conseguido llevarme hasta un punto en el que ya no puedo dar fe sobre mí mismo, sobre el tiempo en que permaneceré bajo control, dentro de mis cabales, tranquilo. No es para menos. En cada cena que compartimos y en cada reunión donde se trae a colación la noticia política del día (que, a esta altura, si no son casi todas, por lo menos ya son demasiadas), mi amigo K sacará a relucir siempre lo mismo. Insistirá con aquello de que todo es una exageración de los medios dominantes, con que ésos son los medios que históricamente han fijado la agenda política de la Argentina, con que mi imaginación ha sido cooptada por esos medios y con otras cosas parecidas. En vano intento hacerle ver que mis canales de información son de lo más variados. En vano intento hacerle notar que reconozco, al igual que él, que la Argentina actual está lejos de ser la Argentina del 2001.
Desde luego, casi nada de lo que le diga a mi amigo lo conducirá a brindarme una contestación auténtica. Cuando le menciono los casos de corrupción, él me dice que eso no le consta; o aduce que, si le constara, sería algo inevitable y que, en cualquier caso, hablar de corrupción no es hablar de política. Cuando le menciono lo de la intervención del INDEC y la manipulación de las estadísticas, o cuando le pregunto por los motivos para sancionar una ley de tipos penales tan abiertos como los que figuran en la Ley Antiterrorista, él me contesta –no sabría decir si con cinismo o hipocresía –que ningún gobierno es ideal y que, en todo caso, el mérito de un gobierno debe medirse según los criterios de una ética de la responsabilidad, no de la convicción. “De repente –reflexiono a fuero interno –mi amigo se ha vuelto weberiano, cuando no era sino Foucault su pensador de cabecera”. ¿Cómo puedo sentirme, entonces, tras recordarle una y otra vez que simplemente no es normal que un Instituto de Estadísticas y Censos haya instituido la mentira? Si mi amigo K fuera mi esposa amnésica, por lo menos podría repetirle el mismo cuento de siempre, hasta hundirme en el consabido mar de aburrimiento. Pero dado que mi amigo K dista de ser la réplica exacta de mi esposa amnésica (y es una suerte que la presencia de mi amigo haga parecer menos traumática la amnesia de mi esposa), repetirle siempre lo mismo no funcionará. Ello no sólo me traerá más aburrimiento; además, me hará parecer como un estúpido. Y, sin embargo, como si fuera una pegadiza canción que no puedo dejar de tararear, es lamentablemente eso lo que finalmente hago: enceguecido, parloteo con mi amigo y, en efecto, termino por sentirme un estúpido.
Mi amigo K, antes de ser K, era mi amigo. Y aun hoy, siendo K, es menos K que amigo mío. Que mi amigo K sea más amigo mío que K representa, desde luego, una obviedad. Por eso lo soporto y me soporto. Por eso nos soportamos e intentamos seguir adelante, compartiendo cosas juntos. Por lo demás, momentos apolíticos en nuestras vidas todavía dejan su estela. No son los más numerosos, es cierto. Por otro lado, cuando finalmente ocurren y de una buena vez logramos abstraernos de la cuestión política, el tiempo que permanecemos juntos parece prolongarse con la misma incómoda tensión en que permanecen sentados, uno frente a otro, el tímido hijo adolescente y ese padre intrusivo y sobreprotector, ávido de ofrecerle un consejo a cambio de algún secretillo. No sé cuánto tiempo permaneceremos así. Con la alternancia democrática, confío que lo K deje en paz a mi amigo. Tal vez esta desposesión ocurra muy paulatinamente, como la descolonización de Hong Kong. O tal vez de forma súbita, parecida a un exorcismo. No podría precisarlo. En cualquier caso, ruego a Dios que en el futuro, más próximo que lejano, volvamos a retomar ese vínculo tal como lo dejamos alguna vez, franco, abierto e incontaminado de los pormenores políticos del día. Es lo que me gustaría. No sé si es lo que le gustaría a él, aunque intuyo que sí. De alguna forma, ambos seguimos apostando por nuestra amistad. Los dos sabemos cuán estúpido sería relegar, de golpe y porrazo, algo que tardamos tanto tiempo en construir. Ni él ni yo nos perdonaríamos una negligencia semejante. Como sea, en eso estamos mi amigo K y yo. En ese interludio de la amistad, exasperante y difícil como pocos.
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